Las inspiradoras aventuras de Ricardo Talio (guión de historieta)
Así exactamente se lo pasé a un amigo para que la dibuje (porque él lo va a hacer mejor que yo, el señor Gabriel Keppl).
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Mi encuentro con Rodolfo Cesar Delgado, alias “El Mono”
Este es un cuento viejísimo (del 2007, tenía 16 años) pero lo quiero publicar porque fue un desafío. Durante una exposición de historietas, un amigo me dijo "bueno, yo te hago un dibujo, pero vos escribime algo mientras", y otro amigo aclaró "dale, y que empiece con la frase 'fui a comprar una gaseosa y me atendió un mono' ". Así que, no dudé en poner manos a la obra y escribir esto que (pese a ser medio malo) no deja de ser divertido. Además, lo escribí en media hora como mucho, sin corregir ni volver atrás, así que, un lindo handicap tiene. Ahí va:
Luces de Tren Azul
Iba caminando mirando al piso, siguiendo la rectitud de las tablas de madera que lo conformaban, concentrándome en no perder el equilibrio mientras todo se empezaba a mover. El tren empezaba su marcha y dejaba poco a poco atrás la estación, que se desdibujaba por la ventanilla. Había otra gente en el vagón, pero sus caras estaban borrosas, lo único que alcancé a distinguir fue una remera de Sonic a lo lejos, así que me acerqué.
-Hola- me dijo una voz familiar. Era mi amigo Damián, sonriéndome desde adentro de la remera de Sonic. -¿sabés a dónde vamos?-
-No me interesa demasiado- respondí- seguro me despierto antes de llegar, viste como son los sueños.-
-No se, yo no planeo despertarme hasta llegar, además siempre había querido andar en tren.-
-¿y si le preguntamos a alguien? capaz que sabe a dónde vamos-
-¿A quién?-me dice extrañado- No hay nadie más en el vagón.-
Me doy vuelta de inmediato y veo que, en efecto, éramos los únicos en el vagón.
-Bueno ya fue- dije mientras me sentaba a su lado, frente a una mesa puesta.
-Che, sabés qué?-dice mirando a la ventanilla- siempre pensé que los trenes tenían algo de romántico.. no sé, debe ser re lindo declarársele a alguien en un vagón de tren...- Y se me acerca peligrosamente, con la vista fija justo debajo de mi nariz.
-¡Pará! ¿Qué hacés?- Le reprocho mientras lo hago a un lado.
-¿Qué? Es mi sueño, puedo hacer lo que yo quiera.
-¡No, no podés, es MI sueño éste!
-Pucha, nunca me habían discutido así en un sueño... ni me habían rechazado tan abruptamente... generalmente te dejás besar...
-¡Ah, o sea que lo hacés seguido! ¡No sabía que eras así de degenerado!
-Tengo derecho, es mi sueño después de todo.
-Bueno, si estás tan seguro de que sos vos el que sueña y no yo, contame algo sobre El Cantar de Rolando que no lo leí y lo tengo que rendir hoy-
-¡Qué vaga que sos! Bueno, primero tenés que conocer a los personajes, están Rolando, Carlomagno, el traidor Ganelón...
-Pará un poco, primero que no me podés decir eso porque yo no lo sé, además son demasiados detalles para un sueño... ponele, el paisaje en la ventanilla estuvo cambiando todo este tiempo, y fijate los detalles de la mesa, los cubiertos... mirá acá, alguien escribió con una tricheta "Luces de tren azul"...-
-Tengo una idea... agarrá los cubiertos esos. Vamos a hacernos una marca en la mano, y el que se despierte primero es el dueño del sueño.
- Eso es una pelotudez.
-No, para mi tiene sentido... dale, total no nos va a doler, es un sueño.
Y con fuerza, nos clavamos el cuchillo en el dorso de la mano.
Sí dolió, y mucho.
-AAAAAAHHHH!!!!!- grité mientras me levantaba de la cama de un salto y se me caían encima el reloj y todos los adornos que tengo en la repisa arriba de la cama. La mano me dolía un montón, y cuando me miro veo un terrible tajo que estaba empezando a sangrar. Seguramente el reloj me había lastimado cuando se cayó, y para colmo se había roto.
-Voy a tener que dejar de comprar esos relojes de tres pesos de calle San Luis, este es como el quinto que se me rompe...-pensé mientras me encaminaba al baño a vendarme la mano y prepararme para un día aburrido de facultad.
Iba caminando para la facu cuando por la peatonal me lo cruzo a Damián, que ojeaba revistas en un kiosco.
-¡Hola Damián!- le grito y me acerco corriendo- ¿En qué andás?-
-¡Hola! No mucho, recién salgo de la facu... ¿Y vos? ¿estudiaste para tu parcial?
-No, ni a palos! voy a ver si puedo inventar algo...
-Bueno, te deseo suerte, entonces, vas a necesitar mucha!- Y cuando me da la mano, veo que está toda vendada.
-¿Qué te paso en la mano?
-No sé... me caí de la cama esta mañana, me debo haber golpeado con la mesita de luz...
-Luces de tren azul...
De pronto él se sobresaltó.
-¡¿De dónde sacaste eso?! ¿También soñaste...?
-El tren, la gente...
-Los cuchillos...- y me mira la mano vendada...
Nos quedamos mirándonos sin entender nada, con una sensación sin nombre que variaba entre el miedo y la emoción. Quedamos en juntarnos al día siguiente para hablar del asunto, porque se me estaba haciendo tarde para el parcial.
Por supuesto, me fue para la mierda, no pude concentrarme; no dejaba de pensar en el tren y las lastimaduras que teníamos Damián y yo.
Eso no fue nada raro, pero lo que sí fue raro, fue que esa noche volví a soñar con el tren...
Tristezas de un Doble A
El ambiente estaba sereno, colmado de perfumes y sonidos, y el humo de los cigarros que se esparcía en el aire. Yo me preparaba junto con mis compañeros, subido al pequeño escenario destinado a nosotros, a un costado del salón, y mientras nos ubicábamos en los lugares y tomábamos nuestros instrumentos, una ligera agitación empezó a recorrer el lugar. Las parejas se levantaron de las mesas dejando inconclusos quizá algunos cafés, quizá algunas charlas, para empezar el ritual de antaño. Pero a mí no me interesaban todas ellas, y a medida que los compases de Cadícamo fluían a través de nuestros instrumentos, mis ojos empezaron a inspeccionar el lugar buscando los suyos. La larga cabellera negra no tardó en aparecer, y los pies, sus pies, deslizándose por la pista como mis dedos sobre las teclas del bandoneón. Yo entonces me perdía en sus movimientos, contentándome simplemente con observarla bailar. A veces, solamente a veces, nuestras miradas se cruzaban, de esa manera fugaz con la que uno mira a los ojos a alguien que pasa a su lado en la vereda. A mí me bastaba con eso, sin saber siquiera si sería correspondido, o si ella se daba cuenta de que yo la miraba, si aprobaba que la contemplara cuando ella bailaba con otro hombre. Así era todas las noches, el juego se repetía hasta el hartazgo, sin que ninguno se animara a decir nada, aun cuando las miradas se habían vuelto más recíprocas que nunca, y el vínculo era ahora constante. Hubiera sido vergonzoso acaso hablarle, arriesgarme a interrumpir esa conexión tan especial que teníamos, en la que simplemente nos mirábamos, sin compromisos, con esa intimidad que sólo se consigue cuando se está rodeado por una multitud de personas, ajenas a todo contacto. Porque ese era un momento nuestro, que únicamente nosotros compartíamos, y no importaba si ella abrazaba a otro hombre, yo sabía que en realidad muy profundo dentro de sí me estaba abrazando a mí, en esa milonga equívoca y a la vez tan perfecta. Mi papel era simple y primordial, yo sencillamente debía quedarme allí tocando, tocando para que ella pudiera bailar, para que pudiera mirarla y mirarme en su mirada. Pero entonces, de repente, era yo el que bailaba con ella, el que la abrazaba mientras ella se movía suavemente a mi lado. El que salía con ella y le pasaba el brazo por los hombros, o la tomaba de la mano a medida que subíamos las escaleras hasta su departamento; y la desnudaba por fin y me perdía en su pelo negro azabache que tantas veces había visto en aquella pista, a lo lejos, pero siempre tan cerca. Más tarde, ya compartiendo un cigarrillo entre las sábanas, seguía contemplándola, pero ya no con esa ignorante distancia, sino más bien desde un pasado común, un pasado donde nos conocíamos de antes, donde no había habido miradas o milongas distanciadas. La noche siguiente decidimos volver al lugar donde habíamos empezado. Llegamos, buscamos una mesa, tomamos y fumamos mientras los músicos ocupaban sus lugares, y la gente cuchicheaba entre sí. Nos llegó luego la noticia de que el bandoneonista había fallecido, y había sido reemplazado por otro hombre. Una foto del difunto había sido colocada en la barra, y algunas personas se hallaban de pie frente a ella. Al ver la cara del bandoneonista, no pude evitar sentir una enorme tristeza, una sensación de haber conocido muy bien a ese hombre. Creo que ella sintió lo mismo, quién sabe por qué. Tal vez por esto, o tal vez no, dejamos poco a poco de concurrir a ese lugar. Comenzamos a circundar otros bares, a bailar otras milongas, y a compartir otras salidas. Hace un poco encontramos un departamento muy lindo, en zona sur, pensamos mudarnos allí cuando llegue el otoño.
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Lo escribí en el 2008 escuchando a Piazzola. De ahí el título.
Silence (mi primer cuento en inglés!)
Silence. There was not a sound. Not even the tiniest, not even the quietest. She tried to focus, tried to listen to her own heart. But it seemed like the walls absorbed every noise, even her own breath. She was trapped there, ever since she remembered, but for no longer. Nothing they could do would stop her from achieving her first and only goal: freedom. If they only understood she wouldn't ever hurt anyone, but they couldn't. Humans tend to be afraid of everything they don't understand, everything they can't control. Even so, they thought she could be dangerous, that someone could control her power, use it against their establishment. And that's why she was prisoner there, alone, in silence. She had tried to escape before and failed, and she knew they wouldn't be gentle with her if she did it again. Nevertheless, the decision was made. They had never been gentle with her anyway.
This was the time. Careless of the cameras or the security, she focused her mind to one of those awful white walls. Nothing happened at first, but she focused even more, closed her eyes, started feeling the anger, the pain, the loneliness, she started to hear the silence... and then the walls began breaking, first slowly, then brutally, until a great explosion destroyed what was left of them, revealing the entrance to a big corridor, with grey lines on the floor at regular gaps, making it look eternal, line after line heading directly to the vanishing point. There was no time left, no time to hesitate. She started running, knowing that no matter where she was heading, it would be better that where she was, that her effort was worthwhile. She had nothing to lose, she never had.
And then their response came. The little white machines that were always watching, this time started shooting. She kept on running anyway, trying to protect herself from the red lasers, creating a psychic shield for her own safety, where lasers ricocheted destroying the walls and the shooting machines. Finally she got into a big, dark room. At the moment she entered, big flashes lightened up the area, discovering four enormous mirrors covering every wall. And without leaving her any time to react, a big door closed the entrance to the corridor, trapping her again.
This was unbearable, she wouldn't allow this, not this time, she had to escape at any cost. She closed her eyes, and broke the silence by screaming, screaming out loud, like never before. She felt her power running fast through her veins, and with all her anger, started punching the mirror walls with all her strength, until she fell...
...Into the mirror. When she opened her eyes, was surrounded by hundred, thousands images of herself in an infinite silver space.
...
Silence. There was not a sound. Silence was still there, impassive. But at least, she would never again...
...Be alone.
Dos cortes en la Representación del Espacio
Drekar cap II (cuento viejo sin terminar)
Pero no para todos el día comenzó tan agitadamente. Bueno... casi.
Era una mañana apacible como casi todas en Sag, el sol brillaba con intensidad y una suave brisa se colaba por entre los árboles como si danzase con las ninfas del bosque. Un grupo de elfos practicaba arquería en un claro entre los robles, al límite con el pueblo. Entre éstos se encontraba Mikal, un joven y bello elfo campeón de arquería que en el transcurso de la mañana (y de los últimos años) había disparado numerosas veces al blanco sin errarle jamás. Sus ojos, su mente y su corazón se concentraban en cada flecha y se regocijaban mientras esta surcaba el espacio, cortando suave pero decididamente el aire a su paso. Pero esta vez algo pasó, algo que Mikal no hubiera podido haber previsto, algo que en su ensimismamiento no pudo evitar percibir. Un dulce aroma a rosas como el que él nunca había sentido antes invadió sus pulmones y obnubiló todos sus sentidos. Esta vez la flecha no solo no dio en el blanco, sino que por poco le da en la cabeza a un elfo que por allí pasaba. Con gran nerviosismo y sintiendo como la adrenalina corría por sus venas, comenzó a buscar la procedencia de tan exótica y atrapante fragancia. No le fue muy difícil encontrarla. Una hermosa elfa paseaba por el jardín a sus espaldas y Mikal no necesitó más que verla ondear su larga cabellera en el viento para darse cuenta que su vida de allí en adelante ya no sería la misma.
Sin dudarlo dos veces, comenzó a acercarse a la joven, maquinando a cada paso que daba, una estrategia para impresionarla. Para su sorpresa, se dio cuenta de que la joven se dirigía hacia donde estaba él, así que tratando de parecer interesante, murmuró un "hola". Mas la joven no se percató de su presencia, y siguió de largo dejando al contrariado Mikal con las palabras en los labios y una buena cara de idiota. Éste no se iba a rendir tan fácilmente, así que se acercó de nuevo a la elfa, que ya sostenía un arco y una flecha, dispuesta a disparar.
-¿Quieres que te enseñe? -Intentó esta vez.
-No, gracias -Musitó la bella elfa con soltura y una sonrisa acorde a sus perfectas facciones. Acto seguido, tensó la cuerda del arco y disparó una certera flecha, que fue a dar al medio del blanco donde hasta hacía instantes había estado practicando Mikal, partiendo su flecha al medio. El campeón, ahora vencido, no pudo ocultar su asombro. La hazaña había sido magnífica, nunca había visto algo así.
-Eso... fue... fantástico...
-Gracias -dijo la arquera con suficiencia, pero siempre con esa hipnotizante sonrisa en el rostro. Seguida de cerca por la mirada absorta de Mikal, dejó el arco en su lugar y se dispuso a retirarse de allí.
-¡Espera! -Exclamó éste de pronto. La elfa se dio vuelta para mirarlo de forma altanera.
-Al menos dime tu nombre...
-Kyrah. -Contestó ésta y simplemente se marchó, dejando al anonadado Mikal parado en el campo de tiro, más confundido que ninguna otra vez es su vida.
***
La espada pasó silbando por sobre su cabeza, y Kalén agradeció haber reaccionado a tiempo, o ya no tendría orejas. Los soldados que lo atacaban esta vez tenían mucha menos experiencia que los que los habían acosado a él y a Rheck hacía unos momentos. Ese escuadrón invisible que los había asediado era sin dudas la elite de la armada del emperador de Kuma. Kalén tenía esperanzas de que esos soldados no volvieran a aparecer, ya que solo no tendría ninguna oportunidad contra ellos.
-¡Dales con todo, antes de que alguno alerte a los otros! -Gritó Rheck desde la jaula. Y eso hizo Kalén. Acercó las manos, palma con palma a la altura de su pecho, murmurando palabras en Gensho, el idioma antiguo de los calirios provenientes de Shing. Cuando hubo terminado de recitar, sus manos ya brillaban con intensidad, y separándolas de golpe, creo una fuerte ola expansiva que destrozó tanto a los soldados como a los barrotes de la jaula que aprisionaba a su compañero.
-Deberías ser más cuidadoso la próxima vez, podrías haberme matado a mí también con ese conjuro, ¿sabías?
-No me sermonees Rheck, tengo todo calculado, esas jaulas suelen tener una protección especial, sino podrías haberte salido tu solo de allí.
-Sí, pero, ¿Y si ésta no estaba protegida?
-Bueno... Supongo que ahora estarías un poco más negro y chamuscado, ¿no?
-No le veo la gracia. -Repuso Rheck, ante la sonrisa irónica de su acompañante. -Nos retrasamos mucho, debemos ir a buscar ese maldito objeto así nos largamos de aquí cuanto antes, este olor a excrementos que hay en torno a estas carretas me está atrofiando el olfato.
Antes de seguir avanzando, decidieron que no era conveniente arriesgarse a que los volvieran a sorprender por la espalda, así que realizaron un conjuro de invisibilidad en conjunto. Esto les permitía ahorrar fuerzas a ambos, y les daba la capacidad de verse mutuamente, pero corrían el riesgo de que si lo descubrían a uno el otro también se vería excluido de la protección del hechizo. Se fueron aproximando cuidadosamente al carro principal de la caravana, donde seguramente estaría el objeto que tanto ansiaban conseguir, por el que ya tanta sangre había corrido. Como era de esperarse, el lugar estaba atestado de soldados, tanto calirios como un par de trols, que ni Rheck ni Kalén tenían la menor idea de lo que hacían allí.
-Creo que acabamos de averiguar la procedencia de ese olor que decías, Rheck.
-¿Cómo es que no los notamos antes?
-No había pensado en eso...
Deberían haberlos visto. Hacía tiempo que seguían la caravana, habían espiado todos sus movimientos y un trol es algo que no pasa fácilmente inadvertido. Pero ese no era momento para pensamientos profundos, debían actuar. El carro no era más que una carroza algo más sofisticada que el resto, con un par de molduras en el techo, y de un fuerte color azabache, el color distintivo del reino de Kuma. Fuera de esto, era una carroza de lo más común. En apariencia. Era evidente que estaba protegida por poderosos conjuros; claro que solo dos hechiceros de antaño como aquellos dos lobizones podrían darse cuenta. Precisarían grandes cantidades de energía para poder romper las mágicas defensas. De modo que alejándose todo lo necesario para no ser detectados, reunieron las manos y empezaron a formular juntos el conjuro.
Generalmente un hechicero mantiene los ojos cerrados en este rito, para una óptima concentración, pero los años habían hecho que Rheck se acostumbrase a mantenerlos abiertos, siempre alerta. Y así fue como lo vio. No era alguien... más bien era algo. Una especie de deformación en el espacio, como la ilusión que se produce cerca de una fuente de extremo calor. Aunque esto era más que solo aire en movimiento. Allí había algo, aunque no pudiese sentir su presencia con claridad. Evidentemente, el hechizo para volverse invisible que esa criatura (o lo que fuese) estaba utilizando se había acoplado ligeramente al de ellos dos, por eso podía verlo de manera sutil. Sin embargo, la cosa no parecía haberse dado cuenta de que había sido descubierta. Ni siquiera pareció notarlo cuando Rheck susurró un clarísimo "¡Kalén, mira eso!", que considerando la corta distancia que los separaba debería haberlo podido oír perfectamente bien. La criatura (que ahora se veía como una especie de ser de varias extremidades largas, transparente, como si estuviera hecho de algún fluido incoloro o del aire mismo) se acercó parsimoniosamente al carro que era el objetivo de Rheck y Kalén. Y así, de repente, desapareció, se fundió con éste. Pero los lobos no tuvieron siquiera tiempo para intercambiar miradas atónitas, ya que el ser salió inmediatamente, esta vez llevando consigo una poderosa fuente de energía, que era totalmente manifiesta.
Los calirios tardaron un momento en advertir lo que ocurría en realidad. ¡El ser se estaba robando lo que ellos habían ido a robar! Inmediatamente interrumpieron el complicado conjuro que estaban realizando e intentaron perseguirlo. Solo que no estaban solos en esa tarea, los guardias del tesoro que hasta ese momento habían estado descansando, exentos de todo lo que ocurría en torno a eso que estaban ahí para proteger, descubrieron de pronto que no estaban ni tan solos ni tan seguros como creían. Soldados visibles y no visibles arremetieron contra algo que no veían, ni escuchaban (ya que el ser se movía de una forma impresionantemente silenciosa para la velocidad a la que corría) pero evidentemente sentían, el objeto que éste llevaba consigo parecía ir dejando una estela de energía en el aire. Esta vez, para variar, los dos guerreros lobos tenían una ventaja, porque al menos ellos veían al ser, no del todo claro, pero tenían una imagen de él.
Siguieron al ser transparente seguidos de los otros soldados, por entremedio del bosque. Era una suerte que hubiera tantos soldados enemigos, pues en la confusión ninguno reparaba en el ruido de sus pasos. Mas a medida que el grupo se internaba en el bosque iban poco a poco perdiéndole el rastro a la huella de energía. Finalmente los únicos que quedaron fueron Kalén y Rheck persiguiendo a la criatura, que parecía no cansarse de correr. Evidentemente las largas extremidades que se le distinguían le eran muy útiles para desplazarse a grandes velocidades. De pronto, sin previo aviso, el ser se detuvo. Los dos lobos aprovecharon para alcanzarlo, y estaban por tirársele encima cuando éste bruscamente se dio vuelta. Por primera vez desde que había aparecido, pudieron distinguir sus ojos. Unos grandes y penetrantes ojos violetas los miraron fijamente, directo a los suyos. Eran unos ojos cautivantes, que transmitían una cierta sensación de infinito...
Fue lo último que los guerreros vieron antes de ser derribados por el misterioso ser.
***
Exuberantes tapices colgaban desde los altos techos cubriendo las paredes donde no había candelabros. Éstos últimos eran toda la iluminación del extenso pasillo, y era evidente que tenían algún hechizo para que la luz se propagara mejor. Gilf miró hacia arriba y se preguntó cuánto tardaría en llegar volando al techo de ese corredor. Aún para alguien como él era un techo demasiado alto. Miró los pies de el sirviente que caminaba delante suyo, guiándolo al lugar a donde se suponía que debía llegar. Hubiera preferido ir solo, pero corrían rumores respecto de los castillos de los gobernantes de los reinos del continente Drekar; sobre pasadizos, trampas y guardianes que protegían a los reyes de cualquier peligro. Se preguntó si el emperador de las siniestras tierras de Falá no tendría al legendario Cancerbero escondido en alguna parte del castillo. Sacudió la cabeza tratando de espantar esas ideas, no debía olvidar que el espía venía precisamente de esa región, y ahora debía mantenerse tranquilo para informarle a su rey lo ocurrido, y lo más seguro era que éste lo enviara al nefasto archipiélago. Solo cuando llegaron al final del interminable pasillo, el sirviente se retiró, dejando solo a Gilf frente a la ornamentada puerta de roble que separaba la oficia del rey del resto del mundo. Llamó a la puerta con un solo sonoro golpe del puño y la puerta se abrió. Dentro lo esperaba su majestad Retgh, sentado en un ampuloso sillón, detrás de un escritorio.




